UNA EXTRAÑA MANERA DE COMENZAR
- Raúl Navarro Barceló
- 22 ene 2017
- 3 Min. de lectura

· Tras su bautismo en el Jordán, Jesús inicia públicamente su misión evangelizadora y lo va a hacer de un modo tan inesperado o sorprendente como lo fue su nacimiento en Belén.
Pensemos por un momento qué plan estratégico estableceríamos nosotros, qué marketing seguiríamos si quisiéramos transformar el mundo y llegar al mayor número de gente posible: ¿A qué lugar iríamos?; ¿qué mensaje transmitiríamos al inicio?; ¿en qué personas nos apoyaríamos? Son tres cuestiones importantes. El evangelio de hoy (Mt 4,12-23) nos permite ver cómo las afrontó Jesús:
- Respecto del lugar, la sabiduría humana parece indicarnos que lo más lógico sería elegir como base para la predicación la gran ciudad de Jerusalén, capital y corazón del mundo judío, o al menos una zona religiosamente fervorosa del país. ¿Qué hace Jesús? Todo lo contrario, empieza su predicación en la región más secularizada: Galilea de los gentiles. El sobrenombre lo dice todo. Era una tierra marcada por el paso continuo de pueblos extranjeros, con una alta densidad de población pagana, poco desarrollada social y económicamente, a la que el resto de los judíos de Israel tenía escaso aprecio y con la que no se contaba en los grandes debates.
A primera vista, no parece la mejor tierra sobre la que echar la semilla; pero es precisamente en esa región donde Jesús siembra su palabra. Él se acerca a aquellos de quienes las demás personas se alejan; su primer paso es para aproximarse a los últimos.
Nos enseña así a nosotros, imbuidos en una cultura del descarte, la importancia de no despreciar a las personas, de no juzgar y dar por perdido a nadie: «Éste ya no tiene solución», decimos con frecuencia, de algunos que tenemos a nuestro lado: en el colegio, el trabajo o la propia familia. Cuando pensaba en ello, me acordaba de la labor que comenzó la Madre Teresa de Calcuta con los más despreciados y olvidados de la India y que, sin embargo, ha llevado el evangelio al corazón de tantísimas personas. Me impresionó la frase con la que uno de aquellos “descartados” expresaba su agradecimiento por el trato recibido por Madre Teresa: «He vivido toda mi vida en las calles como un animal y ahora voy a morir como un ángel, amado y atendido».
- Pensemos ahora en la segunda de las grandes cuestiones que planteábamos al inicio: ¿Qué diríamos a la gente? Posiblemente, como hacen todos los líderes sociales, buscaríamos adular a las mayorías y procuraríamos ser políticamente correctos en todos los temas delicados. Yo mismo, al comenzar mi misión en esta parroquia, me detengo en hablar –con razón– de lo buena, acogedora y simpática que es la gente del pueblo. En cambio, en sus primeras palabras, Jesús va directo al corazón de las personas: «Conviértete». Si quieres encontrar la paz en tu interior y descubrir la verdadera vida, lo primero que tienes que hacer es reconocer tu fragilidad, tus limitaciones, la necesidad de ser sanado dando un salto hacia delante para aferrarte a la mano de Jesús y entrar en su Reino.
Nosotros vivimos una época en la que tenemos horror a equivocarnos, al fracaso…; una época en la que nos mostramos virtualmente a los demás con una vida maravillosa, de cuento de hadas. Tardamos dos horas en cambiar nuestra foto de perfil de una red social, porque tiene que ser perfecta; y en el matrimonio o relación con los hijos todo va de maravilla. Vivimos proyectando falsas ilusiones. Jesús, en cambio, nos invita a caminar por la vida desde la verdad.
- Finalmente, la última gran cuestión era qué personas elegiríamos para que nos ayudasen a llevar a cabo la misión de transformar el mundo. Los grandes políticos o empresarios tienen cientos de especialistas para asesorarles y buscan sus discípulos entre los mejor formados. Cualquier niño que elija sus compañeros de equipo para un partido, escogerá a los “buenos”.
En el evangelio, en cambio, hemos escuchado que Jesús llama junto a sí a unos sencillos y humildes pescadores; sin grandes estudios, pero con un corazón grande. Ellos, junto a otros hombres y mujeres, van a transformar el mundo no tanto por lo que saben, sino por la experiencia que van a vivir junto a Jesús. No ofrecerán las grandes soluciones a todos los problemas, sino que darán testimonio de cómo Jesús les supo amar en su fragilidad y les hizo ver la vida con ojos nuevos.
En definitiva, el plan estratégico de evangelización llevado a cabo por Jesús es sencillamente sorprendente: los últimos serán los primeros (cf. Mt 20,16). Quizás nosotros todavía no lo hemos llegado a comprender y seguimos buscando planes alternativos más acordes a nuestra lógica, pero menos eficaces.